Festa do Marisco

Un viaje inesperado

Todo fue muy repentino y apresurado, como debe ser, y antes de saber qué era exactamente lo que estábamos haciendo, nos encontrábamos, el viernes por la tarde, camino a Galicia en un Focus alquilado, medio borrachos felices, donde nos esperaban las susodichas, que nos llevaban 1 día y mucho marisco de ventaja.

Llegamos a Ogrove, en la región suroeste de Galicia, junto al mar, muy tarde por la noche, y a pesar del cansancio (está a 650 kms de Madrid), nos encontramos con las chicas y nos fuimos a un “Sitio Secreto” a tomar Mojitos (galegos, claro está). Nuestra guía era una de las compañeras de Raúl, Alejandra, natural de la zona. Después de negociar por un par de botellas de vino y un chorizo de ciervo con los dueños del Sitio Secreto (estaba todo cerrado), nos fuimos a la playa a tocar la guitarra, terminar de emborracharnos, meternos en el mar (estamos hablando del Atlántico, y en pleno Octubre, con lo cual fue una gran sorpresa la calidez del agua), y -evidentemente y en pleno uso de nuestras facultades- terminar haciendo lucha libre revolcados en la arena.

Fue ahí cuando perdí mi cartera (billetera). Con gran dolor para nuestras ajetreadas cabezas, Raúl y yo nos levantamos a las 9 al día siguiente (o sea, un rato después de que nos fuéramos a dormir) para rastrillar la playa en busca de mi identidad y mis llaves de acceso al dinero, ya que la noche anterior nos dimos por vencidos muy rápidamente, entre el cansancio, la embriaguez, y la falta de luz.

Cuando ya nos dabamos por vencidos, arrastrándonos cabizbajos hacia la calle, fue cuando la vimos, abierta de par en par, con todo su contenido intacto. En la explosión de alegría que siguió decidimos desayunar e ir a dormir otro rato.

Circula otra versión del hallazgo, ligeramente distinta, que involucra un jovenzuelo avaricioso, ciertas cuestionables tácticas de intimidación, el hall de un hotel, un florero gigante y 50 euros, pero de todo ello, no verteré aquí palabra alguna...

Yo Albariño, Tú Albariñas, Todos Albariñan

Cerca del mediodía quedamos con las chicas (se alojaban en un hotel diferente al nuestro), y entre caballos-sí, caballos-no (es un deporte que consiste en acercarte a un caballo, mirarlo como que lo vas a montar, así todo muy amenazador y terrible, y luego marcharte con aire indiferente), decidimos saciar nuestro apetito más instintivo (o sea, el apetito), y ponernos hasta arriba de Marisco en el menor tiempo posible, todo ello adecuadamente acompañado con una cantidad mesurada, prudente y decorosa de Albariño, el vino blanco gallego por excelencia.

Permítanme ahora un momento para describir la Festa do Marisco de Ogrove, porque claro, este es mi blog, y escribo lo que quiero, así que nada, si no me lo permiten, fuera. El lector sagaz observará ahora como estoy malgastando el momento amablemente solicitado, para continuar luego con la descripción propiamente dicha, en tiempo de descuento, que es cuando mejor saben las cosas (especialmente el marisco).

Imaginen dos carpas gigantes, dispuestas en forma de “L”, pertrechadas en sus laterales con una ristra finita pero ciertamente muy larga de puestos de cocina y servicio, convenientemente decorados con carteles identificativos: “Cigalas”, “Berberechos”, “Mejillones”, y un largo (finito pero blah blah) etc.

En la parte central, arropadas por innumerables comensales, las mesas repletas de marisco comido, a medio comer, o aún expectante de su predador de turno.

Así fue que rápidamente nos hicimos con una buena cantidad de tickets prepagados, y tras dividirlos entre los 6, nos lanzamos a la frenética caza y captura del marisco, que consistía en hacer pacientemente la cola en cada puesto.

Una vez reunidos en el punto de Rendezvous, descorchamos el Albariño, y nos dedicamos a catar la mejor selección de marisco que jamás he probado en mi vida (esto se debe a dos factores: No soy un experto en marisco, ya que no lo como muy frecuentemente, y el de la Festa era seguramente de muy buena calidad, y con muchas posibilidades de ser de lo mejorcito que hay, incluso para un paladar connoiseur (de repente me dio por el francés, que le voy a hacer...)

Así de memoria, doy cuenta del genocidio marítimo al que nos dedicamos durante las siguientes horas...

  • Mejillones al escabeche
  • Vieria en salsa de tomate
  • Arroz con Marisco
  • Navajas a la plancha
  • Berberechos al vapor
  • Cigalas a la plancha
  • Pulpo a la gallega
  • Zamaruñianipuslingquéseyo (unas cosas chiquitas, tipo berberechos)
  • Cangrejo (o eso fue la noche anterior?)
  • Seguramente más cosas

Todo ello, en su justa medida, y con la prudencia y decoro que exige la degustación de un buen vino, el Albariño anteriormente mencionado.

Nos dimos cuenta que ya era hora de irnos cuando, dentro de la carpa principal, sólo quedaban los encargados de la limpieza, algún que otro rezagado, y, abrazados, borrachos felices y... felices, cantando (tangos?) y melodías varias, nosotros, los irreductibles!

En ese momento decidimos ir a la playa, que hacía mucho calor.

Playa, Futbol y Atardecer

Pudimos comprobar, jubilosos, que Ogrove se resistía al avance despiadado del otoño, ofreciéndonos una última tarde veraniega de lo más inesperada. Si bien estábamos felices, no es esa la razón por la cual encontramos el agua a una temperatura perfecta, ya que la playa había sido invadida por familias y demás visitantes a la Festa do Marisco, que dudo que estuvieran tan felices como nosotros...

Tuvimos incluso la oportunidad de disputar un partido de futbol contra una familia numerosísima. Puri estaba al arco, y nos estuvo gritando y regañando todo el partido a Raúl y a mi, que no sé cómo se suponía que teníamos que detener el devastador ataque de los más de 10 integrantes del equipo contrario. Teníamos además un delantero, un pequeñajo de no más de 8-9 años que se las arreglaba para causar estragos en la defensa contraria. La carencia de recuerdos claros es posible que afecte a esta crónica deportiva, pero de verdad que fue más o menos así.

En cualquier caso, en clara inferioridad numérica, sólo 4 contra 25 (Juro que se iban sumando jugadores al equipo contrario, o quizás se desdoblaban... Era una familia mitósica, yo que sé), nos vimos obligados a defender como pudimos, hasta que en una jugada que combinó destreza, picardía, rapidez, un slalom más provocado por nuestra felicidad que por nuestra cintura, y la indomable capacidad goleadora de nuestro enano delantero, conseguimos convertir el gol del honor, a lo que sobrevino un festejo de algarabía completamente mesurada y correcta, cabalgando felices hacia el agua, con nuestro goleador al hombro.

El padre jugaba en el equipo contrario...

Tras arrebatarnos a nuestro jugador más valioso, no nos quedó otra alternativa que darnos por vencidos, y dedicarnos a explorar los efectos de nuestra felicidad en el agua. Hubo más decisiones brillantes motivadas por el jolgorio, pero de todo ello, no verteré aquí palabra alguna...

Finalmente, cuando creíamos que no había ya forma en que el día pudiera mejorar, Galicia decidió obsequiarnos este atardecer... Más abajo, muchas más...

Atardecer en Ogrove

Nos quedamos en el agua hasta que el sol decidió abandonarnos a nuestra suerte, que no era otra que sufrir el rápido enfriamiento de las aguas que, resacosas, intentaron arrastrarnos mar adentro (sin éxito, por supuesto). Una vez en tierra, recogimos los bártulos y nos fuimos al hotel. Esa noche comimos a medias un asado que tuvimos que hacer sin luz en el medio de un bosquecito, acompañado de vino tinto, que de blanco habíamos tenido ya demasiado. Pero tras un rato, caímos todos rendidos (unos antes que después). Después de semejante maratón gastronómica, nos fuimos a dormir como pudimos.

El Camino de Santiago...

... lo haré alguna vez, porque nos quedaba poquito domingo, una última comida que disfrutar, y una hermosa ciudad que visitar. Así fue que aprovechamos para viajar a Santiago (en coche), que pudimos recorrer brevemente mientras hacíamos tiempo para comer (por supuesto, en esto volvimos a invertir gran parte del tiempo).

Después de cargar energías en el Centro Telúrico de la plaza central, emprendimos el camino de regreso a Madrid, aunque todavía quedaba tiempo para una cena de bocadillos y vino en las inmediaciones de Rueda (los vinos y el jamón de Rueda son muy famosos, y no podíamos desaprovechar semejante oportunidad), arropados por una noche agradable en el silencio del campo, bajo un hermoso manto de estrellas.

En pocas palabras: Comimos y bebimos a lo grande, visitando una tierra (al menos para mi) desconocida, y con la mejor compañía... ¿Qué más se puede pedir?


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